Escena cotidiana en el Metro de Madrid. Foto de 20minutos.es


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La mala costumbre de oír música con los móviles a todo volumen y sin auriculares.

Decía un autor de cuyo nombre no puedo acordarme, que el volumen de ruidos de una sociedad es inversamente proporcional a la educación de sus gentes. Y yo, que he viajado bastante, puedo asegurar este extremo. Hagan una excursión al norte de Europa y cuando vuelvan a España, lo comprobarán. Lean artículos y noticias sobre frecuentes vecindades molestas, los ruidosos botellones y las terrazas insufribles en las noches veraniegas.

Cuando en otro artículo –también sobre los nuevos hábitos de los pasajeros- me refería a las malas actitudes que dan lugar a pésimas aptitudes, dejé de reseñar otra fea costumbre que va arraigando no sólo en el metropolitano, sino en autobuses, autocares y ferrocarriles: oír música con los móviles a todo volumen y sin auriculares.

En foros especializados van aumentando los hilos y los mensajes de queja sobre este tema.

Esto no es nuevo. En los años 80 del siglo pasado, con la llegada masiva de “maxi-cassetes”, no había macarra o quinqui que no se preciase de llevar un “buque” al hombro con la música a toda pastilla. Hemos llegado al siglo XXI y sólo cambia el tamaño del aparato, no el volumen del ruido. Los tipos son ahora variopintos personajes de aluvión.

Pero lo peor de escuchar música sin auriculares en un espacio cerrado, no es sólo la molestia para los demás usuarios, vecinos forzosos de viaje del “hombre-orquesta”, sino que éstos, además, se muestran agresivos con aquellos que protestan por no querer soportar el mal gusto del repertorio o del excesivo volumen de ese ruido llamado música. Porque normalmente no escucharán a Vivaldi, Beethoven o Albéniz, sino una especie de “chunda-chunda” bacaladero o discotequero que enerva al más pintado aunque no vaya de pastillas hasta las cejas.

Pues… ¿Y los que escuchan música étnica o sabrosona haciéndonos pensar que estamos en el remoto Caribe? ¿No se darán cuenta de que la gente quizás no tenga ganas de ruido ni le guste su música? ¿O que esté cabreado porque le queda un porrón para sus vacaciones de verano?

Confieso que alguna vez he tenido la tentación de dar al interfecto un par de euros para que se compre en el “todo a cien” más cercano unos auriculares y, ya sin ruido, sumergirme en mi libro o en mis pensamientos. Aunque tal y como están las cosas, prefiero cambiarme de vagón y que el maleducado se salga con la suya, no vaya a ser que “la líe parda”.

El ruido gratuito va alcanzando límites alarmantes en el Metro. Porque aun sin estos musiqueros –a los que la SGAE debería cobrar derechos de autor por reproducir música en público- ya tenemos bastante con los chirridos, los que dejan sonar el móvil a 80 dB con el tono hortera de moda, los que hablan en voz alta –al vecino o al móvil- como si estuviesen dando la conferencia de su vida o a los insufribles músicos ambulantes y pedigüeños que se solapan unos a otros sin solución de continuidad.

No vayamos a la necesidad de poner como en EE.UU. coches-silencio, en los cuales están prohibidos el móvil y las voces. Ponga la Compañía del Metro simplemente unas pegatinas prohibiendo este molesto hábito de escuchar música sin auriculares y patrullen más los vigilantes para que no parezca el metropolitano, con tanto músico malo de acordeón y pandereta, una barraca de feria de tercera.  ¡Silencio por favor!