El metropolitano debe buscar y atajar malas costumbres de los pasajeros.

Hay ciertas actitudes que sin duda reflejan otras tantas aptitudes del que las ostenta. Entre las peores, se está generalizando la costumbre de sentarse o mejor dicho tirarse en el suelo de los coches del Metro. Como si de una prolongación del botellón nocturno fuese y sin importar el ensuciarse una ropa ¡que no tendrán que lavar los aludidos! algunos jóvenes -ante la imposibilidad de sentarse en un espacio convencional-, optan por tirarse en un rincón: solos o en grupo, contra las paredes y puertas o en medio de la plataforma, molestando y manifestando así esa actitud reflejo de aptitudes a que me refería. Es inquietante que un joven en la flor de la vida necesite tenderse o descansar en el trascurso de su corto viaje. Es alarmante ese desprecio hacia los demás. ¿Es apatía? ¿Es hastío mental y/o físico? ¿Es reflejo de la sociedad que viene? Espero que no y que se deba únicamente a lo que vulgarmente se entiende como “vagancia”.

Pero el problema va más allá de la fea costumbre, del excesivo espacio que se ocupa al viajar en esta posición, de la mala imagen de nuestros jóvenes y transportes o de la suciedad y gérmenes con que contaminarán sus respectivos domicilios o escuelas. No olvidemos que muchas veces en los trenes “boa”, se sitúan en los estrechos pasillos de interconexión dificultando el tránsito y poniendo en peligro el acuciante objetivo de la seguridad de los pasajeros.

Esta manida consecución de la máxima seguridad que hace que se vayan a poner puertas de andén para que nadie se caiga o se tire a las vías; que se hayan instalado tantas tiras y letreros fosforescentes que, cuando ocurra un corte de energía, va a parecer la Verbena de la Paloma; o de otras medidas implantadas, que no vamos a criticar por necesarias aunque parecen excesivas en comparación con otros metros del mundo más sucios e inseguros, pero mucho más eficientes.

El viajar tirado en el suelo del vagón supone un peligro para los demás viajeros. Si se tropieza con las piernas de estos comodones pasajeros sin advertirlo, cualquiera puede verse en el suelo o con la cabeza o los dientes empotrados en una barra de sujeción. ¿Quién se responsabilizará de una caída, de un golpe o de un altercado? ¿Los jóvenes, muchos de ellos menores?. Porque normalmente, la respuesta de estos “tirados” no es pacífica ni educada. Hacen gala y ostentan furibundamente sus derechos y sus libertades individuales: lo hago porque me da la gana.

Hay que inculcar y mostrar a los interfectos que la manida libertad individual acaba donde empieza la del vecino. Hay que acabar con la estupidez de pensar que todas las prohibiciones son merma de libertad.

El metropolitano debe buscar y atajar esta actitud para que no se convierta en costumbre ni aptitud. Son unos pocos y no representan a la mayoría de la activa juventud madrileña.

Con la colocación de unas simples pegatinas indicando la prohibición de viajar sentado en el suelo del coche, la Compañía del Metro pondría freno a estos posibles perjuicios, a la vez que de manera taxativa haría respetar la seguridad de los demás pasajeros.